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Las Palmeras y La Josefina, el bosque que llamaron 'infiernito'

Esta historia forma parte de los relatos de conservación que surgen de la comunidad a partir del proyecto Bosques de Vida implementado en área rural del municipio de Tame, Arauca.

Luego de cinco meses y veinte días después de la siembra, las mazorcas se encontraban en su punto, listas para la cosecha y la familia Holguín Piñeros se alistaba para ir a Las Palmeras. Para Josefa Piñeros y Julio Salvador, los padres, se trataba de otra jornada cotidiana en su vida de trabajo y sacrificio, en cambio las hermanas, Marleny, Nira y Clara empezaba algo emocionante, irían a la finca.


Hablar de Las Palmeras sin importar en qué tiempo, suscita una suerte de viaje fantástico, así recuerdan las hijas esos momentos en familia, yendo a revisar el conuco; para ellas la feliz tarea de desgranar el maíz con la delicadeza de unas niñas y poco a poco ir llenando los costales y bultos que sus padres subirían hasta la cima de la montaña para sacarlos y acomodarlos en un pequeño campero Uaz que vendería ese maíz en la Plaza de mercado de Tame.


En estas 130 hectáreas de montaña y sabana lo que se sembraba crecía, sin embargo sus suelos productivos, de plátano, yuca y buenos pastos, no evitaron que las circunstancias familiares afectaran por completo el desarrollo de la finca; y hasta que una nueva oportunidad se presentó de la mano con La Palmita y el proyecto Bosques de vida, este lugar que fue el anhelo de los padres, volvió a ser el refugio de sus hijas y se convirtió en un motivo más para unirse y rescatar el legado familiar a través la conservación de sus bosques.


CERCA DEL CIELO EL INFIERNITO

La vida en retrospectiva es la imagen de toda la familia, juntos y felices, emprendiendo el camino desde Tame por carretera, cuarenta minutos por la vía a La Cabuya hasta girar por donde solo entran los que conocen, para luego, atravesar la sabana hasta el filo donde encuentra la vista más majestuosa que la mente recuerda, donde se contemplan la vida, la inmensidad de toda la vereda del Puna-Puna y allí, abajo entre el bosque, está su finca.


A punto de bajar por estos peñascos, a alguien se le ocurrió apodar a la finca como ‘el infiernito’, su geografía hundida da la sensación de que la brisa no corre, pero es solo una sensación que castiga a quienes carecen del coraje para bajar, pues una vez bajando, treinta minutos más e internándose en la espesura de los árboles, llega un bálsamo de brisa fría y frescor junto a una bocanada de agua fresca del caño que premian la llegada.

La extensa sabana que hay que cruzar para encontrarse con el paisaje montañoso de ambas fincas.

Veredas Sabana La Vieja y Puna Puna. Fotografías Cristhian Aguirre H


Tantas veces doña Josefa le reclamó a su esposo, amante de las montañas, por haber escogido un terreno tan complejo, y muchas veces las hijas se lo preguntaron ¿Por qué de entre tanta tierra plana, los Holguín Piñeros habían venido a parar a este suelo accidentado y rocoso? Esa respuesta tardó treinta años en revelarse, cuando Nira, la hija menor, conoció Labranzagrande, un pueblo boyacense fundado en plena Cordillera Oriental.


Esa era la tierra de su papá, allí nació, creció y llegó pasó al otro lado de la cordillera hasta llegar a Tame, donde conoció a Josefa una mujer de vocación docente oriunda de Támara Casanare. Cuando Nira vio los enormes e inclinados cerros, comprendió que su padre había escogido el lugar para vivir en semejanza a su pasado de crianza y por esa misma razón la vocación de agricultor le corría por las venas.


Esa revelación la llevó de vuelta a las tardes remotas en la casa de la finca, a orillas del caño en el momento más feliz: la comilona. Josefa y las hijas ya preparaban la olla de agua hirviendo y pronto Julio Salvador saldría del monte con alguna Lapa, Chácharo o Cachicamo. Entiende que era algo natural, era lo que ofrecían los bosques, sin embargo acepta que el abuso de esta misma práctica por parte de otras personas les trajo muchos problemas más adelante.


De todas formas, fueron pocas las veces de la familia completa en el banquete, los hechos cambiarían drásticamente el curso de la historia; al año siguiente de la compra de Las Palmeras en 1990, las hijas tomarían sus propios rumbos. Luz Marleny, se graduó del colegio y al poco tiempo emprendió rumbo a Bogotá buscando mejores oportunidades; y Nira hizo lo propio, conformó su familia y buscó nuevos horizontes allí en Tame.


Luego, en 1995 ocurrieron una serie de eventos difíciles de sobrellevar, otra de las tres hermanas fallece y doña Josefa Piñeros sufre un accidente de tránsito donde se fracturó las piernas, nunca más pudo volver a la finca; dos años después por quebrantos de salud don julio corrió la misma suerte; con ambos imposibilitados de trasladarse a la finca las cosas cambiaron, dado el contexto sus hijas no pudieron asumir esa responsabilidad y el trabajo de campo se hizo prácticamente imposible.

'La comilona', la familia, la finca. Fotografías archivo familiar.


OTRA VIDA EN LEJANÍA

Fueron dieciocho años de ausencia y deterioro. Dicen que nadie cuida lo del otro y fue verdad, la finca pasó por las manos de arrendatarios que prometieron cuidarla pero incumplieron, propios y ajenos intentaron adueñarse, si el bosque pudiese hablar contaría los innumerables daños sufridos, cómo arrasaron hectáreas enteras de sus mejores y más antiguos árboles de arrayan, cedro, flor amarillo y aceite.


Al día de hoy, todavía se preguntan por qué la casa de la finca fue quemada en 2004, un proceso de investigación abierto y la escena de la vivienda en cenizas con algunos vestigios de cemento y galones de gasolina a pocos metros, fue todo lo que les quedó. Nira regresó a la finca por un tiempo y algunas cosas volvieron a florecer al tiempo que la salud de los padres se marchitaba; don Julio fue el primero en fallecer, fue un mes de agosto en adelante todos los árboles de la casa paterna, incluidos dieciséis palos de mango, se secaron.

Dos décadas después así luce la nueva casa de la finca que fue levantada nuevamente gracias al esfuerzo de las hijas. Fotografía Cristhian Aguirre H


Pese a que Las Palmeras entró casi en estado de abandono, la finca no los abandonó, siempre estuvo para ellos cuando la necesitaron, de allí salió el dinero para pagar los costosos gastos de tratamientos y equipos médicos que buscaron que doña Josefa pudiera volver a caminar; con lo que dio la tierra sin que nadie volviera a trabajarla y algunas rentas del arriendo de potreros la familia se mantuvo a flote.


Mientras tanto la vida de las hijas transcurría por caminos diferentes añorando lo que había quedado en su infancia; Marleny que había prometido volver, estaba radicada en Bogotá, había dejado el estudio por el trabajo en la industria de las ópticas y a Nira que estuvo al cuidado de doña Josefa, los árboles de mango en la parte trasera de la casa en el pueblo le evocaban el recuerdo dulce de verlos caer y correr a recogerlos en la finca y al mismo tiempo sabor amargo de saber que eso ya no sería posible.



BOSQUES DE VIDA UNA OPORTUNIDAD DE RECONCILIACIÓN

Diez años después en 2014, el esfuerzo de la madre y sus hijas, puso de nuevo la casa en pie. Ya habían nacido todos los ocho nietos, después de veintitrés años en Bogotá, Marleny regresó a Tame en 2016, cumpliendo la promesa a su mamá pero también a sí misma. Agradece enormemente a la capital por el camino recorrido pero también vino buscando la tranquilidad que le faltaba, queriendo demostrar lo equivocados que estaban quienes veían a Tame según sus palabras ‘como un pueblo primitivo y sin valor de indios patirajados’.


En tanto desde hacía años, una tristeza profunda se había alojado en doña Josefa por no poder volver a su finca, pese a la fortaleza con que sus hijas la describen, este hecho la afectó silenciosamente. Ya había dejado en papel firmado qué parte de la finca le correspondería a cada hija y a ambas les hizo prometer que trabajarían para arreglarla y sacarla del olvido; la amistad y cercanía que tenía Mauricio el esposo de Marleny, con la comunidad de Mapoy aunque impensada fue la manera de hacerlo posible.


Para 2019, la Asociación Vivero Comunitaria Morichales de Vida junto con la Fundación La Palmita ya trabajaban para recuperar y conservar bosques en algunas veredas de Tame; para el caso del predio Las Palmeras localizado en la vereda del Puna-Puna conocida por su enorme cantidad de nacimientos de agua, Bosques de Vida se presentaba como una oportunidad para escalar este proyecto comunitario a más bosques y más familias interesadas en mejorar su calidad de vida y seguir protegiendo.

En Las Palmeras se ubica uno de los cuatro viveros satelitales con que cuenta el proyecto para facilitar el proceso de restauración activa en lugares de difícil acceso, como este. Fotografías: Cristhian Aguirre H


Cuando el equipo de La Palmita contactó a doña Josefa la idea no le sonó por ninguna parte, ella había sufrido tanto por su finca que había una desconfianza natural por todas las veces que otros se habían aprovechado.


"Mi mamá dudó muchísimo, era una mujer de un carácter bien fuerte. Me tocó entrar a mí, mamá vea que eso es bueno, no es que nos quitan las tierras. Ella preguntó, y ya después ella creyó en el proyecto". -Nira 

"Era muy desconfiada por que le habían pasado tantas cosas, pero ella atendió mucho lo que le decíamos. Confió en nosotros." -Marleny 

Doña Josefa partió a encontrarse con Don Julio la madrugada del 1 de enero de 2021, aquel día triste una lluvia sin comprobar enfrió el infiernito en señal de despedida. Ella que había estado tan activa en las reuniones de la estructuración del proyecto, no pudo ver rebrotar las primeras plántulas su finca, sin embargo dicen sus hijas que cada árbol sembrado en el área de restauración crecerá con la misma fuerza con que ella deseó ver a la finca y a sus bosques recuperados.


UN PROPÓSITO DETRÁS DEL PROPÓSITO

Una puesta de sol en la medianía de ambas fincas, la luz siempre les acompaña. Fotografía: Cristhian Aguirre H


El fallecimiento de su madre produjo un dolor inmenso para ambas hermanas, en especial para Nira, quien había pasado casi toda su vida con ella, su mundo se vino abajo, su estado de depresión le quitó las ganas de todo y las fuerzas para continuar, quiso apartarse de aquello que recordara la ausencia, estuvo empecinada en vender su parte de la finca.


Marleny no estaba de acuerdo, “mi mamá nunca quiso venderla, porque le costó mucho comprarla y defenderla y yo nunca he estado de acuerdo en vender así digan que es lejos, que es el infierno. Esto para mí un tesoro escondido”. En tanto, las cosas que pasaron ciertamente además de casualidad fueron un mensaje para que Nira tomara su mejor decisión. Contestó una llamada en la que necesitaban un trabajador para el vivero, cada finca tenía que poner un trabajador. Me llamaron a mí y dije ¿tiene que ser precisamente un hombre? - No, ojalá sean también mujeres.

- Dije yo voy.


Nira guarda un sentimiento de agradecimiento hacia las personas del Vivero de Mapoy, estar rodeada de tanta vida y cariño le ayudó a salir adelante del duelo por la pérdida de su madre. ‘Cuando llegué allá emocionalmente estaba mal y pues recibí tanto cariño, doña María, doña Betulia, doña Estela, todos los muchachos (…) me recibieron muy bien, me acostumbré a dormir en chinchorro, esos meses fueron una buena terapia. En la fundación hablé con Don Miguel, con Marleny me mostraron otro punto de vista y me convencí de no vender.


Hace cinco meses, Las Palmeras se dividió y una parte pasó a llamarse La Josefina, repartieron el predio por mitades tal como ella dispuso, la sabana para Marleny y la montaña para Nira. Los sentimientos de gratitud hacia La Palmita y Bosques de Vida son enormes, este proyecto cofinanciado por el Programa Colombia Sostenible -una iniciativa de la Nación que ejecuta el Fondo Colombia en Paz con recursos provenientes del Banco Interamericano de Desarrollo-, hizo posible el sueño de recuperar su finca y sirvió para unirlas aún más como hermanas y a materializar aquella promesa que hicieron.


LAS GANAS DE SOÑAR

Afirman que el proyecto les ha renovado su horizonte y les recobró el amor a la finca que los años habían extraviado; a través de los Planes de Manejo Ambiental y Productivo hoy ambos predios implementan buenas prácticas productivas sostenibles, así mismo han dividido los incentivos en especie y en efectivo de Pago por Servicios Ambientales PSA que reconocen todas sus acciones de conservación en 36,5 hectáreas de conservación y 17 hectáreas de restauración, los destinaron a la implementación de ganadería sostenible doble proposito, carne y leche, para recuperar lo que en otrora tuvieron.


‘Los incentivos nos han servido mucho, a todos les digo que es buenísimo, ¿cómo así que nos van a quitar? Al contrario a mí me han dado. ¿A mí quién me ha regalado una vaca antes? Afirma Nira. Marleny por su parte señala que las repercusiones positivas que ha tenido el proyecto en términos además de ambientales, pues les ha relacionado con los demás vecinos uniéndose en propósitos comunes con el medio ambiente y por supuesto les ha invitado a seguir soñando.

Marleny y Nira, junto al equipo técnico de La Palmita, plasman y construyen el horizonte de sus fincas.


Ambas esperan que sus hijos sigan el ejemplo que sus padres inculcaron, amor a la tierra, a sus raíces y sobre todo a seguir conservando este paraíso. Marleny sueña con hacer de este lugar un mirador turístico en donde los visitantes capturen las mismas fotos que ella guarda en su memoria y que luego compren y coman el queso que la finca produzca, una con la receta exquisita aprendida de su madre.


Nira sueña vivir allí, la misma tranquilidad y felicidad de cuando era niña, construir su casa y su granja con gallinas y codornices, viendo el cielo entre las montañas y las flores que deshojaba, sin sonido diferente al de los grillos y los pájaros que aterricen. Quiere volver a sembrar, incluidos los dieciséis árboles de mango y demás frutales de toronja, limón y mandarina que dejó en la casa la partida de su padre; para recordar que aunque, el tiempo pase, el amor permanece y la vida en el bosque perdura de otras formas.


Escrito por: Cristhian Aguirre H

Comunicador social & periodista


Esta historia forma parte de los relatos de conservación que surgen a partir del proyecto Bosques de Vida y su proceso comunitario. También puedes leer: Betania, semilla ambiental


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